sábado, 14 de enero de 2012

La Historia de un Guardián II

     “¿El rito…?”. Al despertarme, en la mañana siguiente, uno de los niños, si no mal recuerdo era el mismo que me había tomado del hombro, me estaba comentando lo que había pasado anoche. Según él, yo fui parte de un rito del cura. “Si no me crees, mira la cicatriz que tienes en el estómago” fue lo que me dijo para defender sus palabras. Levantaba lentamente mi polo, con un poco de temor. Por fin pude ver mi estómago, pero no había nada. Mi mirada cambio a una risa sarcástica, pero era de esperar que él ya tuviera pensado que esa iba a ser mi primera impresión, ya que al instante señalo arriba de mi ombligo.

“Un… ¿un pentágono?” Esto era extraño, porque un pentágono. Miré más detenidamente, en el centro del pentágono había una especie de figuras o palabras muy extrañas, no podía reconocer ni una. “Vez que no miento, todos tenemos la misma cicatriz, es parte de su rito”.

Según me comentó, el rito pasaba de esta forma: Una vez que el huérfano, ya tenía edad para poder valérselas por sí mismo, el cura lo abandonaba con los otros. En la noche, tomaba a ese mismo huérfano y lo llevaba a su habitación oculta, ataba al huérfano al centro de la cama y poco a poco iba acercando los espejos, el efecto de la luz creaba una especie de imágenes retorcidas en la mente de los huérfanos, el cual provocaba de estos pierdan la razón de sí mismos, mientras que el cura empezaba su rito orando en un lenguaje que nadie entendía. Luego de que el huérfano perdía la razón, el cura se acercaba con una daga, haciendo la cicatriz de forma pentagonal, tomaba la sangre derramada y la bebía.

Ahora que recordaba, el cura siempre paraba con una daga, de mango dorado y lleno de perlas de distintos colores. Nunca le quitaba un ojo a esa daga, a donde iba la llevaba junto él. Era tan importante en su rito, que no se le podía perder…

Las dudas comenzaron a aparecer. ¿Por qué era tan importante la daga? ¿Por qué hacia ese rito? ¿Para qué quería tantos huérfanos?... Estas preguntas sin respuestas, me atrapaban cada noche, no podía dormir y no podía dejar de pensar en eso. Las respuestas no las iba a obtener preguntándoselo al cura, era demasiado ridículo revelar sus secretos a un huérfano.

Cada de que el cura estaba ocupado y más cuando estaba dando misas, salía de la habitación para ir a investigar por la iglesia. Por suerte, aprendí la agenda completa del cura, y por suerte también conocía un pasillo que me llevaba a una especia de biblioteca dentro de la iglesia.

La biblioteca de la iglesia era inmensa, pero solo había cuatro repisas llenas de libros. La mayoría de libros hablaba de la iglesia, su construcción y sus cambios hasta ahora, otra de la biblia, la tercera de la historia de los santos, y la cuarta repisa me llamo más la atención, ya que eran libros de temas ajenos a la iglesia, eran libros de autores  de poemas, historias, novelas, y todo eso. Un libro, que se encontraba en el centro de la repisa, me llamo la atención, más porque el titulo de esta estaba con los mismos signos que el cura me hizo en el estómago. Tomé el libro, pero no fue necesario sacarlo, ya que con solo jalarlo un poco la repisa se movió hacia la izquierda, solo unos pocos centímetros. Fui hacia el extremo derecho de la repisa, en el piso había un libro, esta justo donde se encontraba la repisa. “¿Pero qué… qué es esto?”

“EL LIBRO DEL ANGEL CAIDO” ese era el título del libro, este no era muy extenso, era corto, le di una ojeada rápida para ver su contenido, pero las páginas finales estaban en blanco. Encontré la página donde estaba la imagen de la cicatriz que me hizo, encontré el porqué no se separaba de la daga, el porqué necesitaba huérfanos, el porqué hacia esa rito, y lo mejor de todo encontré lo que quería… “Vencerlo”.

No tenía paciencia, fue esa misma noche, una noche tormentosa y lluviosa en la cual la luna estaba llena y brillaba con ese destello de luz clara, una parecía a como me contaron que fue la noche de mi nacimiento. Comencé a hacer alboroto, tratar de llamar la atención del cura, ya tenía todo listo la habitación oculta estaba semiabierta, solo faltaba la llegada del cura.

Los huérfanos se hacían de la vista gorda y no se preocupaban por nada, seguían en sus camas, pareciera que ya sabían en que iba a acabar, pero veamos quien se equivoca. Menos de dos minutos bastaron para que el cura llegara. Me encontraba escondido cerca a la puerta, sabia donde el cura llevaba la daga. En su estupefacción, por encontrar todo tranquilo y calmado, aproveche para quitársela. Ahora yo tenía el poder. “deja eso, niño, no sabes lo que haces” comenzó a decir el cura, el temor lo invadió, se le podía ver en los ojos. “Se equivoca Padre, si sé y sé mucha más de lo que creé. Ahora mejor me obedece y va a retrocediendo hacía el cuarto donde hace sus ritos”

Nos encontrábamos ya en la habitación, tal y como lo había previsto los huérfanos no se metieron, me encerré con el cura dentro y ahora era hora de preparar su derrota. “¿Qué es lo que pretendes hacer hijo? Piensa bien en lo que estás haciendo” el cura ahora hablaba como su personajes, al parecer si era muy cobarde. “Respóndame, Padre, – el cura asintió – ¿Quién es el verdadero dueño de ese cuerpo?” sus ojos casi explotan de la impresión, pero no dudo, ahora se puso serio y cambio de personalidad en un instante “Es del cura del pueblo, el Padre Francisco García” me había dejado petrificado un momento, como hizo ese cambio de personalidad, ya no era el cobarde que aparentaba hace un momento ser un completo cobarde y ahora estaba serio, dejo de temblar y el sudor se esfumó. El cura aprovecho ese instante para poder tomar la daga, pero mi reacción fue rápida.

Comencé de una vez con lo que había aprendido. Empecé a orar una de las oraciones que estaban en el libro, en el mismo lenguaje que el cura lo hacía en su rito. Lleve al cura hasta el centro de la habitación, una vez que su imagen y la mía estaban en cada uno de los espejos “¡No lo hagas…!” tomé con toda la fuerza que pude la daga y apuñale al cura, justo en el sitio donde debería de estar la cicatriz que mi hizo a mí. Ambos caímos al suelo.

Abrí los ojos, y el huérfano que me ayudó desde ayer, estaba ahora ayudando a un niño “Enserio, enserio… ¡Enserio! Jajaja… ¡FUNCIONO!”, tome la daga y maté sin piedad al huérfano que me había ayudado, ahora iba con el otro que estaba tirado. Me arrodillé y lo recogí con mucho cuidado, ya estaba volviendo en sí, así que tenía que apurarme. Me acerqué a él para poder decirle “Padre, espero estés orgulloso de este hijo tuyo”. Volví a coger la daga y lo apuñalé directamente al corazón “Estoy muy orgulloso de ti hijo mío…” fueron sus últimas palabras…

Yo… yo me convertiré en ¡DIOS!

(Esta historia es ficción, cualquier parecido a la realidad es pura coincidencia)

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